Por James Mejía
El territorio geográfico del sur oriente de la capital del país, desde tiempos inmemoriales -paras las generaciones más jóvenes- ha sido anfitrión de la manifestación cultural, de hecho así lo evidencia la llegada del primer piano de cola proveniente desde Europa, que terminó en las inmediaciones de lo que, a principios del siglo xx se consideraba como una de las zonas de explotación de recursos naturales como la arena o el barro para la elaboración de ladrillos, en una antigua casona rodeada por un extenso prado, lugar que se transformaría en el barrio Villa Javier, allí después de las jornadas laborales, unos prematuros trabajadores; hijos de las primeras familias pobladoras de la localidad se reunían entorno a una sofisticada pieza de manera, que evocaba una particular frecuencia de sonidos nunca antes experimentada. Estos pequeños, acabarían por conformar la primera opera en Bogotá, y si bien no fue más allá de una serie de practicas esporádicas y amateurs. Más de 100 años después de aquél curioso hecho, San Cristóbal está más viva que nunca, más musical, más gradiente; la cultura no solo hace parte del patrimonio del territorio, también ha moldeado la identidad de muchos, algunos tan intrépidos e inmersos en las cosas de la sensibilidad, que han decidido dedicar su vida al noble arte de hacer arte. Es así como la semana de la cultura, una iniciativa que busca llevar a las comunidades, magnas muestras de la capacidad de nuestra gente, quiénes se han encargado de retratarnos, como personas sintientes, como sociedad y como habitantes de un territorio con su propia historia.
Durante los días 7 al 14 de Julio, los barrios de las zona alta, media y baja de San Cristóbal, fueron el escenario de un gran abanico de puestas artísticas, que dio inicio justamente en el lugar mencionado al inicio de la lectura, el barrio Villa Javier.

La primera actividad inicia sobre las 9 de la mañana, después de haber sido testigos de un movimiento telúrico que estremeció a toda la ciudad. Al calor de un chocolate caliente y un infaltable tamal tolimense, los asistentes pronto olvidaron el remesón, las cuerdas del arpa, características de la música llanera, dan la entrada a una jornada que se extendería en tiempo y espacio.
El recorrido patrimonial se desplazó en la tradicional chiva, hasta las cumbres del parque entre nubes, no sin antes hacer una parada a la altura del barrio el quindío, para recordar la historia de quiénes en algún momento fueron amos y señores en esta tierra, me refiero a las comunidades aborígenes, provenientes de la familia Chibcha, siendo Bogotá y particularmente el sur oriente, espacios habitados por nuestros antepasados. El historiador, encargado de la ponencia menciona como en reconocida piedra del amor, ubicada en el barrio Villa del cerro, se han encontrado pinturas rupestres, objeto de investigación en curso.
A pesar de solo medir 6.5 km en su longitud, a la altura del barrio libertadores se percibe una bajada de la temperatura, que se consuma con los incesantes vientos al llegar al parque.
Entre nubes es el resultado de una lucha, así como los cerros orientales que bordean a la ciudad de sur a norte y entender la trascendencia, así como los hitos que han llevado a las instituciones a considerar preservar el recurso hídrico, de flora y fauna; hizo parte del tema central abordado por el ponente en esta etapa del recorrido.

Habiendo cruzado el ecuador del día, al salir del auditorio, un olor característico de la cocina popular es esparcido por la vorágine de los vientos: se trataba de la pelanga y como podría faltar este plato, si vio crecer a cientos de miles de familias, tanto como las montañas. La chiva esperaba, la jornada aún no había terminado, 1 kilómetro abajo, en el barrio pinares: la última parada.
Una talentosa camada de artistas musicales locales, interpretaron sus obras en una tarde de sol cálido, empezando por el dúo melódicos, quiénes dentro del repertorio incluyen una canción que rinde homenaje al río Fucha, una de las principales cuencas que alimentan a un río bogotá, si bien contaminado y espeso, en las entrañas de la reserva el delirio, parte de la localidad de San Cristóbal, las aguas del fucha fluyen con fuerza y claridad.
Quiénes participaron del primer día de la semana de la cultura, pudieron presenciar una muestra de alto valor simbólico, el grupo conformado auténticamente por descendientes de nuestros ancestros con una propuesta diferente a lo que convencionalmente estamos acostumbrados. El uso de una flauta alargada y gruesa, fabricada artesanalmente y los movimientos ritualísticos, son una ventana a la concepción del mundo ancestral, de quiénes estuvieron primero que nosotros

La carranga se tomó el escenario, demostrando que no hay edad para el baile, cada una de sus integrantes -de la tercera edad- se lucieron en la pista de la cancha, seguido de una presentación que reinvindicó al folklore del norte del país, al ritmo de la gaita en una tarde cada vez más fundida.

Llegando al ocaso, la agrupación Artífice inimaginable cerró la jornada con una presentación musical enérgica y vibrante, que puso a bailar a niños y mayores, destacando una obra que también rindió tributo al rio fucha, demostrando como nuestros artistas locales, tienen una fuerte relación de pertenencia y conciencia sobre la importancia incalculable del territorio.
La puesta de sol en el horizonte, visible desde la privilegiada posición del barrio pinares sentenció la primera de siete jornadas de un evento que se la juega por mantener viva la llama del arte, la cultura y el patrimonio.